Periódico disponible: Anarquía y comunismo n°5

anarquia-y-comunismo
En este número:
– Salidas democráticas y el callejón sin salida
– Apuntes críticos (en contra) de la democracia
– Afilando las palabras: Comunización (Parte I)
– “No es lo mismo pero es igual”: anarquía y comunismo (Luigi Fabbri)

 

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[…]
Contra la política, contra la democracia
Nuestra época es la de la impotencia del individuo, de su soledad y de su incapacidad de incidir en su propio medio. El individuo capitalista, el productor-comprador de mercancías que se relaciona con su mundo a través del intercambio de estas (intercambio que a su vez  se reproduce con independencia de la voluntad de los individuos) no es sino el ciudadano demócrata que se relaciona con su vida política mediante el voto o en la vida organizativa de la política separada. En efecto, el capital y la democracia actúan como producto y a la vez reproductor de la destrucción de los vínculos sociales reales e imponiendo al individuo separado como única relación social posible.
No es de extrañar que desarrollada hasta este punto la alienación y enajenación del ser humano reine la sensación de que el mundo se nos va de las manos, no es de extrañar que la impotencia y la soledad sea la tónica general de esta sociedad: si nuestra única participación en nuestro mundo social es en la compra y venta de productos y fuerza de trabajo, y en el mundo político en la elección: si nuestra participación social es la otra cara del trabajo asalariado en la fábrica.
¿Podemos efectivamente contrarrestar los síntomas finales de este cuerpo enfermo si seguimos reproduciendo las causas de su enfermedad? ¿Cómo podemos pretender cambiar el total funcionamiento de este sistema social basado en el aislamiento de los individuos si seguimos pensando que nuestra sola intervención, nuestro método, nuestro programa, en tanto intervención divina de individuos por encima de la sociedad, podrá cambiar el rumbo de la sociedad completa, si seguimos pensando que lo que hace falta es que los proletarios dejen dirigirse por nuestras coordenadas, reproduciendo nuevamente la lógica de la participación pasiva-representación?
Si bien el fraude de la política separada se había visto bien y alegremente cuestionado durante el “resurgir” del movimiento revolucionario comenzando los 2000 (influenciado positivamente por la crítica situacionista muchas veces), los límites de la crítica parcial terminaron conduciendo el potencial de esta crítica a sus aspectos más banales (vida alternativa, indentitarismo, sub/contra cultura…) y terminaron por potenciar, a su vez, las nuevas versiones de la izquierda tradicional. Así como resultado a día de hoy tenemos por un lado a nuestros militantes de la vida cotidiana enfrascados en su sobrevivencia diaria en el mercado ambulante y a la neo-izquierda con look alternativo pero fiel a su estructura tradicional y tradicionalista, por ende conservadora y reaccionaria.
¡¡Y es que cuando el “revolucionario” pretende que sumando militantes a su modelo organizativo -producto directo de la política burguesa- o alzando sus quejas en tanto consumidor inconforme y aislado, es decir expresando la propia concentración de la enajenación humana, está aportando a la superación del capitalismo, no termina más que enajenando la práctica revolucionaria misma!!
 
¿Cómo salir entonces de este inmovilismo? ¿Cómo romper con la inercia histórica a la que nos condena el capital autonomizado? A esto nosotros respondemos: ¡Rompiendo con sus fundamentos!
El capital no es una creación maquiavélica, como la práctica revolucionaria no es iluminación divina: ambos representan procesos vivos y contradictorios pero que surgen de la realidad misma y su proceso histórico ¡no son creación de los individuos, sino que nacen siempre desde la sociedad! En ese sentido, lo fundamental de la dominación del capital es su autonomización respecto a los seres humanos que lo producen, o lo que es igual, que el desarrollo de las fuerzas productivas se hace independiente de los individuos que las crean y desarrollan: el hecho de que el objetivo de la producción de la sociedad no sea su propio disfrute y satisfacción, sino los de valorización y acumulación de un ente con cualidades cuasi místicas (el capital), expresa el estado de una sociedad que no es consciente ni de ella misma, ni de su producto.
Esta comprensión fundamental ha sido sustituida históricamente por el marxismo tradicional y su idea de que el desarrollo de las fuerzas productivas (en términos siempre capitalistas, obviamente) es sinónimo de socialismo (lo que les lleva a su eterna apología al trabajo y al proletario como tal, como si fuese cosa de orgullo nuestra desposesión), y gracias a esta los proletarios del último siglo y medio nos hemos seguido manteniendo en la búsqueda de otro “algo” que siempre nos es superior (primero dios, luego la economía, la nación, el partido, finalmente la “revolución”); más allá de una mera discusión filosófica, esta afirmación acerca del desarrollo humano es la portadora de su negación: el objetivo de la actividad humana debe ser el ser humano mismo.
La actividad revolucionaria entonces toma un carácter bastante distinto al que nos habían acostumbrado: se trata de la lucha de los proletarios por su autoconciencia, su autodescubrimiento en tanto fuerza creadora y del “dominio” consciente de su creación, de abrir la posibilidad de un mundo creado por y para nosotros mismos.
El proyecto de Marx es el de una historia conciente. Lo cuantitativo que surge en el desarrollo ciego de las fuerzas productivas simplemente económicas debe transformarse en apropiación histórica cualitativa.” (La Sociedad del Espectáculo, Guy Debord)
Para nosotros, entonces, la pregunta toma otro sentido y las formas pasan a un segundo plano. Se trata de transformar en la teoría y la práctica el conjunto de lo que se conoce como actividad revolucionaria; no se trata ya de “convencer a otros” sobre el rumbo equivocado en que va encaminada la humanidad, pues la evidencia está a la luz del día; se trata de potenciar las capacidades asociativas y creadoras de nuestra clase, de demostrar cómo somos nosotros quienes creamos la realidad y cómo podemos transformarla, de reencontrarnos en tanto comunidad humana y armarnos para la imposición de nuestros verdaderos intereses.
Antes de eso todo es ilusión.
La crítica de la economía política es el primer acto de este fin de la prehistoria: ‘De todos los instrumentos de producción, el más grande poder productivo es la clase revolucionaria misma’.” (La Sociedad del Espectáculo, Guy Debord)
[…]
Periódico
Editorial:
Anarquía & Comunismo
Año:
 2016
Numero: 5
Precio
Voluntario

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