Luis Armando Triviño

 

wobblie2011Luis Armando Triviño Velasco nació cerca de 1893 en San Felipe, poblado semi-rural emplazado en el valle del río Aconcagua, al norte de Santiago. De su infancia, sus orígenes inmediatos y de su vida íntima son bien escasos los datos que existen. Al parecer, en 1912 estuvo de interno en el hospital San Juan de Dios de Santiago y a finales de 1914 pasó unas semanas tras las rejas en San Felipe. Pero en ninguno de los dos casos se conocen los motivos. Se sabe que en 1920 vivía con su compañera amorosa y que ambos tenían un hijo de apenas dos años. La historia, que gusta casi exclusivamente de hombres célebres, olvidó su nombre. Más allá de estas breves notas, es bien poco lo que sabemos del Triviño íntimo, o por lo menos de ese que existió antes de su ingreso a las ideas libertarias.

Fue un individuo de los que hoy llamamos “de carácter fuerte”, desde que se hizo ácrata fue un hombre público y en ocasiones -como en polémicas- demostró ser muy temperamental. En el plano moral perece ser que fue de aquellos anarquistas que se propusieron encarnar en su propia personalidad el ideal que pregonaban, entregándose a las costumbres y prácticas que creían convenientes para tal objeto. El célebre sindicalista Clotario Blest, quien lo conociera cuando joven, recuerda en la década del setenta a Triviño y a sus compañeros Alberto BaloffetAugusto Pinto como “hombres íntegros, porque el anarquista, cuando es anarquista, son abstemios, no comen carne, son tipo Mahatma Gandhi, tremendos, de una estrictez moral terrible”.

Pero si la intimidad del hombre se escabulle en la inexistencia de las fuentes, el rastro de la presencia pública y política del mismo desborda como pocos en los agitados años veinte. No hay polémica entre los anarquistas chilenos en donde la voz del “milico” Triviño, no se desdoble entre la simpatía más cordial o la condena más resuelta de sus oyentes. Desde la tribuna del periódico y de la calle, desde la asamblea y la conferencia, con poesía sutil o palabra virulenta y tosca: todo empleó, por aquello que su mente llamó anarquía.

El ingreso de Triviño a las ideas y organizaciones anarquistas

Sucedió a mediados de la segunda década del XX y el punto de partida fue el Centro de Estudios Sociales Francisco Ferrer que desde enero de 1913 funcionó en Santiago, en el 638 de la calle Tocornal. Uno de sus amigos, el médico ácrata Juan Gandulfo, dice al respecto: “Hace unos años, apenas, apareció un muchacho vestido de militar en el “Centro Ferrer”. La mayoría tuvo una sonrisa compasiva para él; pero ese gran viejo llamado Manuel A. Silva, que ha parido más anarquistas que todos los que han formado los demás luchadores chilenos juntos, lo defendió de la curiosidad y la burla, dándole luego periódicos y folletos para que leyera en el cuartel. El “milico” frecuentó, después, todos los locales de propaganda y paseó su mirada inquieta y curiosa por todo lo que en sus manos cayó. Los escépticos se sonreían y hasta pensaron en un espía del gobierno que actuaba entre los grupos anarquistas. El viejo Silva, lleno de fe y bondad, los censuraba y alentaba al novicio: ‘Déjenlo solo, es de buena pasta, ya se hará un hombre digno y libre, un anarquista’, decía”. 

Y no tuvo mal ojo Silva. Una vez cumplido el “deber militar” Triviño regresó al valle de Aconcagua y desde allá colaboró monetaria e intelectualmente para sostener, a partir de 1914, La Batalla, el periódico anarquista de más larga duración que alguna vez se haya editado en la región chilena (1912-1926). El milico envió cuentos, dinero, comentarios locales y hasta sugirió la idea de vender un calendario con motivos anarquistas para sostener la publicación. La administración de ésta, en tanto, debió en una ocasión pedir disculpas a Triviño por no publicar los numerosos trabajos que remitía.

A pesar de ser nuevo en el terreno de la prensa, el sanfelipeño demostró manejar un conocimiento bastante acabado en algunos sitios recurrentes dentro del discurso ideológico anarquista, como el fin de la propiedad privada y la crítica a la justicia estatal, considerada por éstos como arma burguesa. Incluso se aventuró a dar una atrevida visión de lo que significaba la Primera Guerra Mundial para los anarquistas. Si bien advertía que era enemigo de la conflagración y de los dos bandos en lucha, para él la victoria de los germanos era preferible a la de los franceses en función de la causa revolucionaria. Para Triviño, la victoria del imperialismo alemán sobre Europa desataría la revolución social puesto que “la opresión engendra rebelión” y es más fácil bregar por la Idea allí donde el dolor es más evidente que en donde se le disfraza mejor, como sería en el caso de la victoria de los franceses y sus artificiales libertades. En todo caso, la guerra mundial ya había dividido a simbólicos anarquistas. Kropotkin, Malato, Fauré y otros habían tomado una actitud abiertamente antigermánica con el pretexto de salvar a la civilización occidental de la barbarie prusiana, lo que les había hecho merecedores de la excomunión ideológica por parte Errico Malatesta y otros ácratas de renombre, así como de la mayoría del movimiento a nivel mundial. Más allá de las contradicciones, aciertos o vacíos que puedan existir en los argumentos, nos parece importante destacar que el escrito es de 1914, es decir, cuando Triviño llevaba apenas un par de años en el mundo ácrata, situación que no impidió que incluso llegase a denostar al mismísimo Kropotkin, a quien llamó zar del anarquismo.

Cuando La Batalla dejó de publicarse en la capital comenzó a ser editado con otra administración en Valparaíso donde sobreviviría por lo menos hasta 1926. En Santiago, el vacío del periódico fue suplido con el fugaz Jerminar (1916) en donde la pluma de Triviño también se hizo presente.

Por aquellos años el sanfelipeño debió trasladarse a la capital en donde -y para ganarse el sustento diario- intentó probar suerte con la venta ambulante de licores. Allí nuevamente el viejo Silva debió salirle al paso. Recuerda Gandulfo: “Un día vio pasar frente a su casa al “milico”, vestido de paisano, conduciendo un carretón de una bodega de vinos. El viejo se indignó y le gritó: “Buena cosa de hombre, Triviño, tienes que envenenar al género humano para poder vivir”. A los pocos días, Triviño dejaba el carretón y aprendía el oficio de zapatero, después de haber servido en los tranvías”. La participación con los tranviarios fue breve, pero activa. En julio de 1914 el milico será designado secretario general de la Federación Eléctrica de Santiago, entidad sindical del gremio. Ignoramos lo motivos, pero Triviño cambió el oficio por el de zapatero instalándose con un taller en San Isidro 304, frente a una pequeña plazoleta que hasta el día de hoy existe (custodiada por un cuartel del GOPE).

De la experiencia de Jerminar debió surgir la Agrupación La Batalla, entidad santiaguina de apoyo al portavoz ácrata, ahora porteño. Triviño participó en ella al mismo tiempo en que tomaba contacto con otros espacios revolucionarios tales como El Surco, periódico anarquista fundado en Iquique el 28 de julio de 1917 por Julio Rebosio y Enrique Arenas en medio de la segunda huelga general contra el retrato forzoso. En los primeros meses de 1918 la Agrupación La Batalla de Santiago publicó el folleto antielectoral “Lo que oyó y dijo Juan Pueblo” de Triviño. El primer líbelo de su autoría del cual tenemos noticias. A esas alturas la pluma del neófito de la zapatería ya era reconocida. Lamentablemente no conocemos este interesante opúsculo, aunque por El Surco sabemos que era “un acopio de argumentación aplastante para los que creen sinceramente en la virtualidad de los poderes constitutivos, tomando la política como un medio de emancipación social”.

Al parecer Luis Armando Triviño poseía gran capacidad para la propaganda en la oratoria y en la prensa. Sus intervenciones en mítines, conferencias y polémicas, así como sus innumerables contribuciones en los periódicos anarquistas y sindicalistas de la época, así lo confirma. En cuanto a la palabra hablada, el poeta anarquista Francisco Pezoa anota: “Este Triviño -me decía un amigo en cierta ocasión que escuchábamos una de sus aplaudidas arengas- es tan rico en adjetivos y en símiles de una simplicidad tan terrible que al menos predispuesto de sus oyentes lo alegra o lo enfurece, lo incita o lo anonada, según sea el sentimiento que le fluya espontáneo, atropellándose del espíritu de todo el auditorio”.

Por su parte, el escritor José Santos González Vera recordaba años más tarde que al sanfelipeño “nadie lo aventajaba como orador popular. Expresábase en imágenes, con vehemencia, casi arrebatadoramente, pero le era indispensable mirar muy alto o muy bajo para ir organizando su discurso. Si sus ojos se encontraban con los de otro, perdía el hilo. Fundó y mantuvo verba roja; escribía buena parte de sus artículos, corregía las pruebas, vendíala en las calles. Era abnegado y rudo”. No obstante ser “un hombre dinámico, de actividad inagotable y de entu- siasmo ejemplarizador”, Juan Gandulfo matiza su valer al sostener que Triviño “actuando es siempre constante, pero disparejo. Hay ocasiones en que su verba llega al desbordamiento y hace delirar al auditorio; en otras ocasiones es frío, tartamudeante, oscuro. En las organizaciones procede, a veces, con la rectitud de un rayo de luz, tiene profundidad de visión y es verdaderamente profético al dar orientación a la acción; otras veces es tortuoso, atolondrado, casi torpe. En sus escritos tiene chispazos geniales, arrebatos de plumario perfecto, pero hay prosas en que se le siente desnudo, desmadejado y escribiendo a empujones”.

Por último, quisiéramos destacar la capacidad de persuasión de Triviño a través del relato de un personaje lejano a los anarquistas, Manuel Astica, uno de los marinos dirigentes de la fracasada insurrección de la Armada en 1931, aquel inédito levantamiento en la historia sudamericana y que en su momento conmovió a la opinión pública chilena. Recuerda Astica en 1965, refiriéndose a los años veinte: “no hace muchos años tuve un fuerte encuentro doctrinario en el local de la iWW, la poderosa institución anarquista. En su local de calle nataniel asistí a un foro sobre ‘determinismo y Libre Albedrio’, en el cual me toco terciar, defendiendo yo, desde luego, el libre albedrio, y el famoso anarquista Triviño defendió el determinismo. Por cierto que me dio un revolcón, y aquella controversia me hizo meditar profundamente sobre el problema de la libertad del hombre y llegué a preguntarme en franco conflicto de duda: ¿determinismo o Libre Albedrio?… atravesaba por un franco conflicto espiritual”.

En noviembre de 1918 Triviño, Juan Gandulfo y el viejo Silva fueron a dar a la cárcel por “sedición, desordenes públicos e injurias contra la autoridad”. Todo ello por su actuación en los mítines y reuniones de la Asamblea obrera de Alimentación nacional. Esta fue una de las varias prisiones que el milico enfrentaría.

El mismo indicaría en agosto de 1922 que por defender al anarquismo “en la tribuna de algún paseo, o en las columnas de un periódico, o por militar en las filas de la iWW he sido llevado a la cárcel seis veces: tres por lo primero, dos por lo segundo (a pesar de la ley de abusos de imprenta, que establece esa forma de investigación y castigo) y una vez por lo último a pesar de todos los pesares de la constitución y del código que garantiza esos derechos, he estado como mínimo en prisión un mes y como máximo dos meses; después de esto se me ha dicho tres veces, después de activas gestiones de nuestros defensores, o más bien defensores de las leyes atropelladas, que no tenía delito y las otras veces he salido bajo fianza. Estos procesos van precedidos de escrupulosos allanamientos a mi casa, donde se me secuestran cuanto libros o impreso poseo, que no se me devuelven, a pesar de ser ellos los guardianes de la propiedad”.

En diciembre de 1918 Julio rebosio, coordinador del periódico anarquista Verba roja de Valparaíso, fue detenido y encarcelado bajo la falsa acusación de “espía peruano”. La detención de su administrador original, sumada a la falta de un medio ácrata en la capital, influyó en que el periódico se trasladara a Santiago. Allí quedó a cargo de Manuel Antonio Silva, mientras que Luis Armando Triviño y su ya reconocida forma de escribir fue confiado a la redacción. Sus escritos llenaron páginas y páginas de Verba roja además de otros diversos voceros subversivos: Acción directa, Mar y Tierra, La batalla, El Surco, El Sembrador, Tribuna Libertaria, Numen, Claridad, etc. Por otro lado, para suplir la falta de escritores y también para burlar la represión gubernamental, Triviño utilizó innumerables pseudónimos: Juan Pueblo, Juan Harapo, Juan Subversivo, Luis Pirson, Luisa Soto, más tarde Juan Fierro y quizás cuantos más.

La cercanía a los periódicos y editoriales ácratas, su reconocida capacidad literaria, su activa presencia en las esferas sindicalistas y la probable falta de plumas, explican en parte el hecho de que Triviño innegablemente se destaque entre los anarquistas por su participación en la prensa subversiva. Pero será esta misma situación la que más de algún dolor de cabeza le dará. Es cierto, contar con los medios de comunicación fue muy efectivo para defender y hacer prevalecer ciertas ideas y juicios personales; pero no es menos cierto que esa misma posición se prestó para atacar y ser objeto de ataques personales, incluso entre anarquistas, en donde los argumentos de fondo se perdieron entre insultos, con las consiguientes e imaginables consecuencias.

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